The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

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The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

Mensaje por Graciela el Vie Sep 13, 2013 9:13 pm


Os presentamos a Pat Peoples, sufre de amnesia y ha desarrollado una teoría muy peculiar según la cual su vida es una película producida por Dios. Y la misión que le ha dado Dios es ponerse en forma y convertirse en un buen tipo para recuperar a su ex esposa. Bueno, Pat es un poco disfuncional y, por esta razón, ha pasado algunos años en un centro de salud mental.
Ahora ha regresado al hogar familiar y allí, con la ayuda de su madre (una sufrida mujer que acaba por declararse en huelga de cocina y limpieza), su padre (un hombre gruñón que no tiene otra manera de relacionarse con su hijo que viendo deportes por la tele) y su hermano (un calculador nuevo rico que termina por mostrar su lado sensible) emprende su particular plan de rehabilitación y reconquista.
Pero los caminos del señor son inescrutables, y el final feliz de Pat Peoples está muy lejos de ser como él había imaginado.



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Re: The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

Mensaje por Graciela el Vie Sep 13, 2013 9:31 pm

UNA INFINITA CANTIDAD DE DÍAS HASTA MI INEVITABLE REUNIÓN CON NIKKI

No hace falta que levante la vista para saber que mamá me ha hecho otra visita sorpresa. Siempre lleva las uñas de los pies pintadas de rosa durante los meses de verano y reconozco el estampado de flores de sus sandalias de piel; son las que mamá se compró la última vez que me sacó del lugar malo y me llevó al centro comercial.
De nuevo, mamá me ha encontrado en albornoz, haciendo ejercicio en el jardín trasero sin nadie que me vigile. Sonrío porque sé que le gritará al doctor Timbers y le preguntará que para qué tengo que estar encerrado si luego se me va a dejar solo todo el día.
—¿Cuantas flexiones piensas hacer, Pat? —dice mamá cuando comienzo la segunda serie de cien sin haberle dirigido la palabra.
—A Nikki... le gustan... los hombres... con el torso... bien... trabajado —explico, pronunciando las palabras al ritmo de las flexiones y saboreando las saladas gotas de sudor que me entran en la boca. Es agosto y hace calor; es perfecto para quemar la grasa. Mamá me observa durante un minuto y lo que me pregunta a continuación hace que entre en estado de shock. Su voz tiembla un poco al decirme:
—¿Quieres venir a casa hoy conmigo?
Dejo de hacer flexiones, vuelvo la cara hacia mi madre y la observo a la luz del sol de mediodía. Sé que habla en serio porque parece preocupada, como si estuviera cometiendo un error, y yo sé que esa es la cara que pone mamá cuando ha dicho algo en serio. No está hablando como cuando parlotea durante horas o como cuando no está enfadada o asustada.
—Puedes venir a casa, siempre que prometas no ir a buscar a Nikki otra vez —añade—. Vendrás a casa y vivirás con tu padre y conmigo hasta que te encontremos un trabajo y un apartamento. Continúo con mis flexiones, mantengo la vista fija en la hormiga negra y brillante que me está subiendo por la nariz, pero mi visión periférica también alcanza a ver cómo me cae el sudor y llega al césped.
—Pat, di que vendrás a casa conmigo. Yo cocinaré para ti, podrás visitar a tus viejos amigos y retomar tu vida. Por favor. Necesito que tengas ganas de hacerlo. Aunque solo sea por mí, Pat. Por favor. Duplico las flexiones, siento mi torso desgarrándose, creciendo... Noto el dolor, el calor, el sudor y el cambio.
No quiero quedarme en el lugar malo, un sitio en el que nadie cree en la esperanza, el amor o los finales felices; un sitio en el que todo el mundo me dice que a Nikki no le gustará mi nuevo cuerpo y que no querrá verme cuando nuestro período de separación haya terminado. Pero también tengo miedo de que la gente que pertenecía a mi antigua vida no esté tan entusiasmada como yo estoy tratando de estar.
Aun así, necesito alejarme de los médicos deprimentes y de las feas enfermeras (siempre cargadas con vasos de cartón llenos de pastillas que parecen interminables) para poder pensar con claridad, y será mucho más fácil tratar con mamá que con estos profesionales. Por eso doy un salto, me pongo en pie y digo: —Viviré contigo hasta que termine el período de separación.
Mientras mamá rellena todo el papeleo yo subo a mi habitación a darme una última ducha. Luego lleno mi bolsa de lana con mi ropa y una foto enmarcada de Nikki. Le digo adiós a mi compañero de habitación, Robbie, que simplemente me mira desde su cama (como hace siempre) mientras se le cae la baba por la barbilla como si fuera miel transparente. Pobre Robbie, con sus escasos mechones de cabello, su cabeza de forma extraña y su cuerpo flácido. ¿Qué mujer podría amarlo?
Me guiña un ojo. Lo interpreto como que me dice adiós y me desea buena suerte, así que yo le guiño los dos ojos para desearle el doble de suerte. Imagino que me entiende, ya que gruñe y se toca la oreja con el hombro como hace siempre que comprende lo que estás tratando de decirle.
El resto de mis amigos están en terapia musical; yo no acudo a esa terapia pues ciertas canciones a veces hacen que me enfade. Pienso que quizá deba despedirme de quienes me han hecho compañía mientras he estado encerrado, así que miro por la ventana de la clase y veo a mis chicos tocando la pandereta y cantando una de las canciones de los años sesenta y setenta que más le gustan a la hermana Nancy. Una canción que a través del cristal de la ventana resulta irreconocible. Veo cómo abren y cierran la boca y cómo mueven la cabeza al ritmo de la música; parecen tan felices que no deseo interrumpir su diversión. Odio las despedidas.
Vestido con su abrigo blanco, el doctor Timbers me está esperando cuando me reúno con mi madre en la recepción, que tiene tres palmeras entre los sofás y los sillones, como si el lugar malo se encontrase en Orlando en vez de en Baltimore.
—Disfruta la vida —me dice con mirada solemne mientras me da la mano.
—Lo haré en cuanto termine el período de separación —respondo, y en ese momento su cara se oscurece como si hubiera dicho que voy a matar a su mujer, Natalie, y a sus tres hijas rubias, Kristen, Jenny y Becky. Su expresión se agrava porque no cree en la esperanza y parece que sea su trabajo transmitir apatía, negatividad y pesimismo incesantemente.
Pero yo me aseguro de que comprenda que ha fracasado en su intento de infectarme con sus teorías depresivas de la vida y que estaré esperando con ganas el momento de que termine el período de separación.
—Imagíneme patinando —le digo al doctor Timbers. Es lo que Danny (mi único amigo negro en el lugar malo) me dijo que iba a decirle al doctor Timbers cuando le dejaran salir. Me siento un poco mal por robarle la frase, pero funciona, lo sé porque el doctor Timbers entorna los ojos como si le hubiera golpeado en la barriga.
Mientras mamá conduce por Maryland y Delaware y pasamos frente a un montón de locales de comida rápida y de striptease, me explica que el doctor Timbers no quería dejarme salir del lugar malo, pero que con la ayuda de unos cuantos abogados y de la novia de su terapeuta (el hombre que ahora será mi nuevo terapeuta) emprendió una batalla legal y logró convencer a algún juez de que ella podía cuidar de mí, así que le doy las gracias.
En el momento en que estamos cruzando el puente Delaware Memorial se vuelve hacia mí y me pregunta si quiero ponerme bien.
—Quieres ponerte bien, ¿verdad, Pat? ¿Verdad?
Yo asiento y le digo:
—Sí que quiero.
Enseguida entramos en New Jersey.
Mientras conducimos por la avenida Hadon hacia el corazón de Collingswood (mi ciudad natal) me doy cuenta de que parece un lugar diferente. Hay muchas boutiques y restaurantes nuevos que parecen caros, y extraños bien vestidos paseando por las aceras. Hay tantas cosas diferentes que me pregunto si realmente es mi ciudad natal. Empiezo a sentirme ansioso y a respirar con dificultad; a veces me pasa.
Mamá me pregunta qué es lo que va mal y cuando se lo digo me promete que mi nuevo terapeuta, el doctor Patel, conseguirá que me sienta normal en muy poco tiempo.
Cuando llegamos a casa voy directo al sótano y es como si fuera Navidad. Encuentro lo que mi madre tantas veces me había prometido: un banco de musculación, unas pesas, una bicicleta estática y el Stomach Master 6000 (el que en tantas ocasiones había visto de noche por televisión y había deseado durante toda mi estancia en el lugar malo).
—¡Gracias, gracias, gracias! —le digo a mamá mientras le doy un gran abrazo con el que la levanto del suelo y le hago dar una vuelta en el aire.
Cuando la dejo en el suelo, sonríe y me dice:
—Bienvenido a casa, Pat.
Me pongo a trabajar enseguida, alternando series de flexiones, ejercicios, abdominales con el Stomach Master 6000, sentadillas, horas en la bicicleta y sesiones de hidratación (trato de beber dos litros de agua al día). Luego está la escritura.
Normalmente son mis memorias diarias, como esta, para que Nikki pueda leer lo que he hecho y pueda saber qué ha sido de mi vida desde que comenzó el período de separación. Mi memoria empezó a empeorar en el lugar malo a causa de las drogas que me daban, así que comencé a escribir todo lo que hacía para saber qué contarle a Nikki cuando nuestro período de separación terminase y para ponerla al día de mi vida. Pero los médicos del lugar malo me confiscaron todo lo que había escrito antes de venir a casa, así que he tenido que volver a empezar.
Cuando finalmente salgo del sótano me doy cuenta de que las fotos de Nikki y mías ya no están en las paredes ni en la repisa de la chimenea.
Le pregunto a mi madre qué ha pasado con las fotos. Me dice que unas semanas antes de que yo volviera nos robaron y que se llevaron las fotos. Le pregunto que para qué querría un ladrón fotos de Nikki y mías, y mamá me explica que todas las fotos estaban puestas en marcos muy caros.
—¿Y por qué no se llevaron los ladrones el resto de las fotos de la familia? —pregunto.
Me dice que los ladrones se llevaron todos los marcos caros, pero que como tenía los negativos del resto de las fotografías familiares las reemplazó.
—¿Por qué no reemplazaste las fotos de Nikki y mías? —le pregunto.
Mamá me dice que no tenía los negativos porque los padres de Nikki habían pagado las fotos de la boda y solo le habían dado a mi madre copias de las fotos que le gustaban. Las otras fotos que teníamos y que no eran de la boda también se las había dado Nikki, y como ahora no podíamos estar en contacto con ellos por el período de separación no podía pedirles los negativos.
Le digo a mi madre que si el ladrón vuelve le romperé la rótula y lo sacudiré hasta que no le quede un soplo de vida. Ella me dice:
—Ya lo creo que lo harías.
Mi padre y yo no hablamos ni una sola vez durante la primera semana que estoy en casa, lo cual no es nada sorprendente ya que siempre está trabajando; él es el director de la empresa Big Foods, en el sur de Jersey. Cuando papá no está en el trabajo está en su estudio leyendo novelas históricas (normalmente novelas sobre la guerra civil).
Mamá dice que necesita tiempo para acostumbrarse a tenerme en casa otra vez, y yo estoy feliz de darle ese tiempo, pues da un poco de miedo hablar con él. Recuerdo cómo me gritó la única vez que me visitó en el lugar malo. Dijo cosas horribles sobre Nikki y la esperanza. Veo a papá en los pasillos de casa, por supuesto, pero no me mira al pasar.
A Nikki le gusta leer y, como siempre ha querido que leyera, empiezo a hacerlo para poder participar en las conversaciones de aquellas cenas en las que yo permanecía callado en el pasado. Aquellas conversaciones con los amigos literatos de Nikki, unos profesores de inglés que creen que soy un bufón inculto. De hecho, así es como me llamaba un amigo de Nikki cuando bromeaba con él por ser tan bajito.
—Al menos yo no soy un bufón inculto —solía decirme Terry, y Nikki se reía sin parar.
Mamá es socia de la biblioteca, así que saca libros para mí ahora que estoy en casa y puedo leer lo que quiera sin que el doctor Timbers (quien, por cierto, hablando de libros, es un poco fascista) tenga que controlarlos. El primero que leo es El Gran Gatsby. Me lo termino en tres noches.
La mejor parte es la introducción, que explica que la novela trata sobre el tiempo y que no se puede volver atrás, y así es como me siento yo respecto a mi cuerpo y al ejercicio, pero aún quedan una cantidad infinita de días hasta mi inevitable reunión con Nikki.
Cuando leo la historia en sí (lo mucho que Gatsby ama a Daisy pero nunca puede estar con ella por más que lo intente) me dan ganas de romper el libro en pedazos y llamar a Fitzgerald y decirle que su libro está del todo equivocado, a pesar de que sé que Fitzgerald probablemente haya fallecido. En especial cuando Gatsby cae muerto en la piscina la primera vez que va a nadar en todo el verano, o cuando Daisy ni siquiera va a su funeral, o cuando Nick y Jordan separan sus caminos y Daisy termina con el racista de Tom, cuya necesidad por el sexo básicamente asesina a una mujer inocente. Se podría decir que Fitzgerald nunca se dedicó a mirar las nubes al atardecer, porque no hay ningún rayo de esperanza al final del libro, si me permitís que lo diga.
Comprendo el motivo por el que a Nikki le gustaba esta novela, está muy bien escrita. Pero el hecho de que le gustara me preocupa ya que significaría que Nikki no tiene esperanza, pues siempre decía que El Gran Gatsby era la mejor novela escrita por un americano, y fijaos cómo acaba. Aunque estoy seguro de una cosa: Nikki estará orgullosa de mí cuando le diga que he leído su libro favorito.
También le daré otra sorpresa: voy a leer todas las novelas que se estudian en su clase de literatura, para que esté orgullosa y para que sepa que realmente estoy interesado en lo que le gusta y que vea que estoy haciendo un esfuerzo real por salvar nuestro matrimonio. Así podré hablar con sus ostentosos amigos y decir cosas como: «Tengo treinta años. O sea, que me sobran cinco años para mentirme a mí mismo y llamarlo honor», que es lo que dice Nick hacia el final de la famosa novela de Fitzgerald, aunque a mí también me sirve la frase. Me sirve porque yo también tengo treinta años, así que cuando diga la frase pareceré realmente listo. Estaremos hablando en medio de una cena, y la referencia hará que Nikki sonría y empiece a reír, pues estará sorprendida de que yo haya leído El Gran Gatsby. Al menos eso es parte de mi plan, soltar esa frase cuando menos se lo espere para «dejar caer el conocimiento», como diría mi amigo negro Danny.
Dios, no puedo esperar.



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Re: The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

Mensaje por Graciela el Sáb Sep 14, 2013 8:40 pm

NO PREDICA EL PESIMISMO

Mi trabajo se ve interrumpido a mediodía cuando mamá baja al sótano y me dice que tengo una cita con el doctor Patel. Le pregunto si puedo ir más tarde, ya que tengo que completar mis ejercicios, pero mamá contesta que tendré que regresar al lugar malo de Baltimore si no voy a las reuniones con el doctor Patel, e incluso cita la sentencia del juez y me dice que puedo leerla si no la creo. Así que me doy una ducha y mamá me lleva al consultorio del doctor Patel, que está en la primera planta de una gran casa en Voorhees, justo al salir de la carretera Haddonfield-Berlin.
Cuando llegamos me siento en la sala de espera mientras mamá rellena más papeles. Por lo menos se habrán talado diez árboles para poder escribir toda la documentación sobre mi salud mental. Nikki odiaría eso; ella se preocupa mucho por el medio ambiente y cada Navidad me regalaba un árbol de la selva (en realidad era un trozo de papel en el que decía que un árbol era mío). Ahora me siento mal por haberme burlado de esos regalos. Nunca más me burlaré de la destrucción de la selva cuando Nikki regrese.
Mientras me siento ahí, pasando las páginas de la revista Sports Illustrated, al tiempo que escucho el hilo musical de la sala de espera, me doy cuenta de que cuando están sonando esas encantadoras flautas, de repente, sin previo aviso, se oye: «La la laaa... la la laa... la la laaa... la laa la laaa». Es la canción: «My Cherie Amour». Y entonces me levanto del asiento gritando, tirando las sillas, cogiendo montones de revistas que estampo contra la pared, y chillando: —¡No es justo! ¡No toleraré estos trucos! ¡No soy una cobaya!
Y en ese momento, un pequeño hombre indio (quizá de un metro y medio de altura), que lleva un jersey de punto, pantalones de vestir y zapatillas de tenis blancas y brillantes, me pregunta con mucha calma qué es lo que sucede.
—¡Quite esa música! —grito—. ¡Quítela! ¡Ahora!
El hombre diminuto es el doctor Patel, o al menos esa es la impresión que me da cuando le dice a la secretaria que quite la música y ella obedece. Stevie Wonder sale de mi cabeza y dejo de gritar.
Me tapo la cara con las manos para que nadie me vea llorar y, al cabo de un minuto o dos, mi madre empieza a frotarme la espalda.
Hay mucho silencio. El doctor Patel me pide que vaya con él a su despacho. Lo sigo a regañadientes mientras mamá ayuda a la secretaria a recoger el desastre que he organizado.
Su despacho es extrañamente acogedor. Hay dos sofás reclinables colocados el uno frente al otro, y plantas que parecen arañas (llenas de largas hojas verdes y blancas) cuelgan desde el techo y enmarcan la ventana tras la cual se puede ver un jardín lleno de flores. Pero en la habitación no hay nada más excepto una caja de pañuelos que está en el suelo junto a los sofás. El suelo es de una madera de color amarillo brillante y el techo y las paredes están pintados como si fueran el cielo. Por todo el despacho veo lo que parecen nubes de verdad; lo tomo como una buena señal, pues me encantan las nubes. Hay una sola lámpara colgando del techo, y vista desde abajo parece una tarta de vainilla, pero me doy cuenta de que el trozo de techo que hay alrededor de la lámpara está pintado como si fuera el sol y cálidos rayos salieran del centro.
Tengo que admitir que me tranquilizo en cuanto entro en el despacho del doctor Patel. Ya no me importa haber oído la canción de Stevie Wonder.
El doctor Patel me pregunta en qué sillón reclinable prefiero sentarme. Elijo el negro en vez del marrón e inmediatamente me arrepiento de mi decisión. Haber elegido el negro hará que parezca más deprimido que si hubiera elegido el marrón, y la realidad es que no estoy deprimido en absoluto.
Cuando el doctor Patel se sienta aprieta un mando que tiene en el lateral de su asiento y eso hace que se levante el reposapiés. Se reclina y coloca las manos detrás de la cabeza como si estuviera a punto de ver alguna competición.
—Relájate —dice—. Y no me llames doctor Patel, llámame Cliff. Me gusta que las sesiones sean informales y amistosas, ¿de acuerdo?
Parece bastante agradable, así que yo también cojo el mando, reclino el sofá y trato de relajarme.
—O sea —dice—, que te ha cabreado la canción de Stevie Wonder. No puedo decir que yo sea admirador suyo precisamente, pero...
Cierro los ojos, tarareo unas notas y cuento en silencio hasta diez; luego dejo la mente en blanco.
Cuando abro los ojos dice: —¿Quieres hablar de Stevie Wonder?
Cierro los ojos, tarareo unas notas y cuento en silencio hasta diez; luego dejo la mente en blanco.
—De acuerdo. ¿Quieres hablar de Nikki?
—¿Por qué quieres hablar de Nikki? —digo demasiado a la defensiva.
—Si voy a ayudarte, Pat, necesito conocerte, ¿no? Tu madre me ha dicho que deseas volver con Nikki, que es tu mayor ilusión en esta vida, así que he pensado que lo mejor será comenzar por ahí.
Empiezo a sentirme mejor, pues no dice que volver con Nikki sea imposible y eso parece significar que el doctor Patel siente que la reconciliación con mi mujer aún es posible.
—¿Nikki? Ella es genial —digo. Luego sonrío recordando el calor que siento en el pecho cuando pronuncio su nombre o veo su cara en mi mente—. Es lo mejor que me ha pasado. La quiero más que a mí mismo. Tengo muchísimas ganas de que acabe el período de separación.
—¿Período de separación?
—Sí. Período de separación.
—¿Qué es el período de separación?
—Hace unos meses decidí darle a Nikki algo de espacio y ella accedió a regresar cuando hubiera solucionado los problemas que nos impedían estar juntos. Así que es como si estuviéramos separados, eso sí, temporalmente.
—¿Por qué os separasteis?
—Sobre todo porque yo no la apreciaba y era adicto al trabajo. Dirigía el
Departamento de Historia del Instituto Jefferson y entrenaba tres equipos. Nunca estaba en casa y ella se sentía sola. Y además dejé de cuidar mi apariencia y engordé. Pero
también estoy trabajando en eso y deseo ir a un consejero matrimonial, como ella quería, porque ahora soy un hombre nuevo.
—¿Fijasteis una fecha?
—¿Una fecha?
—Sí, una fecha para finalizar el período de separación.
—No.
—O sea, que el período de separación podría seguir indefinidamente.
—En teoría, sí. Especialmente porque no estoy autorizado a ponerme en contacto
con Nikki o con su familia.
—¿Cómo es eso?
—Hum... realmente no lo sé. Quiero decir, yo quiero a mi familia política tanto
como a Nikki. Pero no importa, porque pienso que Nikki regresará antes o después y
entonces lo arreglaré todo con sus padres.
—¿En qué te basas para pensar eso? —me pregunta de manera amable y con una
sonrisa en la boca.
—Creo en los finales felices —le digo—, y siento que esta película ya ha avanzado
suficiente.
—¿Película? —dice el doctor Patel.
Cuando lo miro pienso que es exactamente igual que Gandhi; solo le falta llevar las
mismas gafas que él y la cabeza rapada. Además, estamos allí sentados en los sillones
de una habitación alegre y Gandhi está muerto, ¿no?
—Sí —digo—. ¿Nunca te has percatado de que la vida es como una serie de
películas?
—No. Explícamelo.
—Bueno, tienes las de aventuras. Todas empiezan con problemas, pero luego los admites y te conviertes en mejor persona, después de trabajar duro. Eso es lo que fertiliza el final feliz y hace que florezca. Como el final de las películas de Rocky,
Rudy, Karate Kid, La guerra de las galaxias, la trilogía de Indiana Jones y Los goonies, que son mis películas favoritas. Aunque ahora no voy a ver películas, no lo haré hasta que Nikki regrese porque mi vida es la única película que voy a ver y que siempre está funcionando. Además, ahora sé que es el momento de que llegue el final feliz porque he mejorado mucho gracias al ejercicio, la medicación y la terapia.
—Ya veo —dice el doctor Patel sonriendo—. A mí también me gustan los finales felices.
—Así que estás de acuerdo conmigo. ¿Piensas que mi mujer volverá pronto?
—El tiempo lo dirá —contesta el doctor Patel, y desde ese momento sé que Cliff y yo nos llevaremos bien, porque él no predica el pesimismo como el doctor Timbers o los empleados del lugar malo. Cliff no me dice que debo afrontar la que él cree que es mi realidad.
—Es gracioso, porque todos los otros terapeutas a los que he ido me decían que Nikki no volvería. Incluso después de haberles contado cómo había mejorado y cómo estaba esforzándome, ellos seguían «chafándome», como decía mi amigo negro Danny.
—La gente puede ser cruel —explica con una mirada compasiva que hace que confíe en él todavía más. En ese momento me percato de que no está anotando todo lo que yo digo en una libreta, y eso es algo que aprecio de verdad.
Le digo que me gusta la habitación y charlamos acerca de lo que me gustan las nubes y de cómo la mayoría de la gente pierde la capacidad de ver rayos de luz cuando hay nubes, aunque siempre están ahí, encima de nosotros, casi cada día.
Le pregunto cosas sobre su familia, para ser amable, y descubro que tiene una hija cuyo equipo de hockey sobre hierba va segundo en la liga del sur de Jersey. También descubro que tiene un hijo en primaria que quiere ser ventrílocuo y que incluso practica por las noches con un muñeco de madera llamado Grover Cleveland (quien, por cierto, fue el único presidente de Estados Unidos que ejerció en dos períodos no consecutivos). Realmente, no entiendo por qué el hijo de Cliff ha llamado a su muñeco de madera con el nombre de nuestro presidente número 22 y 24, pero esto no se lo digo. Después, Cliff me dice que tiene una mujer que se llama Sonja, que fue quien pintó esta habitación tan maravillosamente bien. Esto nos lleva a una discusión sobre lo increíbles que son las mujeres y lo importarte que es cuidar a tu mujer mientras la tienes, porque si no lo haces puedes perderla rápidamente, y es que Dios quiere que valoremos a nuestras mujeres. Le digo a Cliff que ojalá nunca tenga que experimentar un período de separación y él me dice que espera que el mío termine pronto, y lo que dice es muy agradable.
Antes de marcharme, Cliff me explica que va a cambiarme la medicación y que eso podría dar lugar a algunos efectos secundarios, por lo que debo informar a mi madre si siento malestar, somnolencia, ansiedad o cualquier otra cosa, porque puede que le lleve algo de tiempo encontrar la combinación adecuada de medicamentos, y yo le prometo que lo haré.
De camino a casa le cuento a mi madre que el doctor Cliff Patel me ha gustado de verdad y que tengo más esperanzas puestas en la terapia. Le doy las gracias por sacarme del lugar malo y le digo que es más probable que Nikki venga a Collingswood que a una institución mental. Al decir esto, mamá se echa a llorar, lo cual me resulta extraño. Incluso coloca el coche en el arcén, apoya la cabeza en el reposacabezas y, con el motor en marcha, llora durante mucho rato (lloriquea, tiembla y hace pequeños ruiditos de lástima). Le froto la espalda, como ella me ha hecho a mí en el despacho del doctor Patel cuando ha sonado cierta canción. Diez minutos después deja de llorar y regresamos a casa.
Para recuperar la hora que he pasado con Cliff me quedo hasta tarde haciendo ejercicio, y cuando me voy a la cama mi padre aún está en su despacho con la puerta cerrada, así que pasa otro día sin que haya hablado con él. Creo que es extraño vivir en la misma casa que otra persona con quien no puedes hablar (especialmente si esa persona es tu padre), y ese pensamiento me entristece.
Como mamá aún no ha ido a la biblioteca no tengo nada para leer. Así que cierro los ojos y pienso en Nikki hasta que aparece conmigo en mis sueños, como siempre.



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Re: The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

Mensaje por Graciela el Dom Sep 15, 2013 12:39 am




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Re: The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

Mensaje por Graciela el Miér Sep 18, 2013 2:46 am

EL FUEGO NARANJA PENETRA MI CALAVERA

Sí, de verdad creo en los rayos de esperanza, en los rayos de luz, sobre todo porque los he estado viendo cada día cuando salía del sótano, me envolvía con la bolsa de basura (para que mi torso estuviera bien envuelto en plástico y sudara más) y salía a correr. Siempre intento que los dieciséis kilómetros que corro (y que son parte de mi entrenamiento diario de diez horas) coincidan con la puesta de sol, así puedo terminar corriendo por los campos del parque Knights, donde cuando era niño solía jugar a béisbol y a fútbol.
Mientras corro por el parque levanto la vista y veo lo que el día me ofrece. Si las nubes están bloqueando el sol siempre hay algún rayo de luz que me recuerda que he de seguir, ya que sé que aunque las cosas parezcan oscuras en mi vida, puede que mi mujer vuelva pronto a mí. Ver esos rayos de luz a través de esa masa fofa blanca y gris es electrificante. Incluso uno mismo puede recrear el efecto manteniendo la mano a cierta distancia de una bombilla y marcando su huella hasta que se queda temporalmente ciego. Duele mirar las nubes, pero también ayuda (como la mayoría de las cosas que causan dolor). Así que necesito correr; y mientras me arden los pulmones, siento punzadas de dolor en la espalda, mis piernas se endurecen y esa grasa que tengo alrededor de la cintura se mueve, pienso que estoy cumpliendo mi penitencia y que puede que Dios esté lo suficientemente contento conmigo para prestarme algo de ayuda. De hecho, creo que está contento y por eso durante la pasada semana me estuvo enseñando nubes interesantes.
Desde que mi mujer me pidió que nos separásemos temporalmente he perdido más de veintidós kilos. Mi madre dice que pronto pesaré lo mismo que cuando jugaba en el equipo de fútbol del instituto, que fue cuando conocí a Nikki. Pienso que igual estaba enfadada por el peso que gané durante los cinco años que estuvimos casados. Cómo se sorprenderá cuando termine el período de separación y vea mis músculos.
Si en la puesta de sol no hay nubes (como me sucedió ayer) miro al cielo y el ardiente fuego naranja penetra mi calavera y me ciega. Es casi igual de bueno, pues también arde y hace que casi todo parezca divino.
Cuando corro, siempre imagino que estoy corriendo hacia Nikki, y eso me hace sentir que reduzco el tiempo que he de esperar hasta verla de nuevo.



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Re: The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

Mensaje por Graciela el Miér Sep 18, 2013 2:50 am

EL PEOR FINAL IMAGINABLE

Como sé que uno de los autores que Nikki enseña cada año es Hemingway, le pido a mamá que me traiga una de las mejores novelas de Hemingway.
—Si es posible, una que tenga una historia de amor, pues debo estudiar el amor para ser un marido mejor cuando Nikki vuelva —le digo a mamá.
Cuando ella regresa de la biblioteca me cuenta que la bibliotecaria dice que la mejor historia de amor de Hemingway es Adiós a las armas. Así que rápidamente abro el libro y puedo sentir cómo me vuelvo más culto según paso las primeras páginas.
Mientras leo, voy buscando citas que pueda dejar caer la próxima vez que Nikki y yo estemos con sus amigos (y para que pueda decirle a Terry el de las gafas: «¿Un bufón inculto conocería esta frase?»).
Así seré capaz de hablarles de Hemingway.
Pero la novela no es más que un truco.
La mayor parte del libro estás deseando que Henry sobreviva a la guerra y que pueda tener una hermosa vida con Catherine Barkley. Sí, sobrevive a todo tipo de peligros (incluso a que le disparen), y finalmente se escapa a Suiza, donde vive con la embarazada Catherine a quien tanto ama. Durante un tiempo viven en las montañas, leyendo, haciendo el amor y comiendo y bebiendo.
Hemingway debería haber terminado ahí la novela, pues ese es el rayo de esperanza que esa gente necesitaba después de haber luchado tanto para sobrevivir a la sombría guerra.
Pero no.
En cambio se le ocurre el peor final imaginable: Hemingway hace que Catherine muera de una hemorragia después de dar a luz su bebé. Es el final más tortuoso que probablemente vaya a experimentar en literatura, cine o televisión.
Cuando llego al final estoy llorando, en parte por los personajes y en parte porque Nikki les enseña esto a los niños, y no puedo imaginar por qué alguien querría exponer a los impresionables adolescentes a un final tan horrendo. ¿Por qué les enseñan a los adolescentes que su lucha para mejorar no sirve para nada?
He de admitir que por primera vez desde que el período de separación empezó estoy enfadado, y es porque Nikki enseña cosas así de pesimistas en su clase. Nunca pienso citar a Hemingway y nunca pienso leer otro de sus libros. Y si todavía estuviera vivo,
le escribiría ahora mismo una carta y lo amenazaría con estrangularlo hasta la muerte con mis manos desnudas por ser tan negativo. No me extraña que se suicidara pegándose un tiro, como dice en la introducción.



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Re: The Silver Linings Playbook - Matthew Quick

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